EL CALIFORNIA, carrer Escudellers
Hay bares que arriman el hombro, que son poderosos, que te levantan la mirada nada más entrar. El California era la decadencia más alegre de Barcelona, la Mari su alma indiscutible. Ella lo impregnaba todo con su pétrica cara que solo dejaba caer una sonrisa tierna cuando jugaba a dados en la barra con sus más acérrimos acólitos, gente de vida dura, marcada en arrugas y cuerpos maltrechos pero de una gran humanidad pegada a enormes corazones. Del California no podías esperar pulcritud, ni diseño, ni música a la última, era sencillamente un Bar, donde cualquiera podía dejarse caer para tomar los primeros tequilas de la noche, colgando el abrigo de las penas en la entrada, transformando muecas en sonrisas. Yo deje momentos importantes de mi vida en él, como muchos otros y por desgracia conversaciones sin terminar, por qué el otro día me encontré una persiana cerrada a cal y canto y con pocas esperanzas de que vuelva alzar esa mirada orgullosa. Fue una punzada directa al corazón, una muerte sin sentido, injusta.
Ahora se que siempre llevaré un pedazo del California a cuestas conmigo, un orgullo, un placer, una virtud.